Dubuque: una ciudad para enmarcar

By Jorge A. Ramirez-Artuz (TheLorian)

Sin duda alguna, venir a los Estados Unidos para ejercer mi educación universitaria ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido en mi vida. Desde el inicio, me vi completamente rodeado por desafíos que nunca pensé encontrar a tan temprana edad, y acertijos con los que solo pensaba lidiar más adelante en la vida. 

Para cualquier estudiante internacional que decide alejarse de su propio país tras cumplir los dieciocho años, decir adiós no es fácil, más aún sabiendo que la adaptación a cualquier otra ciudad no va a ser sencilla pero lo haces en búsqueda de un sueño. En mi caso, mi amor que se fue generando por Dubuque y los sentimientos que despierta esta ciudad, son factores que lograron que mi “adaptación” a otro entorno fuera menos compleja. 

Y es que si te pones a pensar, Dubuque no solo es una ciudad para enmarcar, si no que logra hacer volver a todo aquel que se gradúa, y su situación laboral los ubica en otro sitio. ¿Qué tiene que otras metrópolis no tengan? Es una ciudad que promueve un aroma genuino que otras simplemente no tienen, y que difícilmente podrán conseguir en el futuro cercano. Para la gran mayoría de universitarios que inician y culminan sus estudios en la “Key City”, sus amigos se convierten en hermanos, sus residencias se convierten en sus hogares, y aquellos profesores que tuvieron la bondad de invitar a sus estudiantes a cenar, se convierten en un ejemplo a seguir. Estamos hablando de 4 universidades en un espacio relativamente corto (Dubuque cuenta con 60,000 habitantes) en donde muchos “sueños” como indicaba anteriormente, se cumplen. 

En Dubuque, todo está ubicado a cinco minutos de distancia. Con tan solo dos o tres meses de haber llegado aquí por primera vez, logras ubicarte dentro de un espacio completamente familiar. Te encuentras rodeado de gente que lleva toda su vida aquí, y que tranquilamente se sitúan viviendo en Iowa por el resto de sus días. En un ambiente sin tráfico, con restaurantes, parques, el Río Mississippi, y miles de sitios para explorar, ¿Quién diría que no? 

Durante los últimos cuatro años de mi vida, he escuchado a muchas personas expresar su ansiedad por volver a visitar Dubuque, al igual que he visto a muchos graduados volver al sitio donde también se forjaron como adultos. Al lugar donde también escribieron historia, e hicieron parte de un proceso imborrable. 

Aquellos estudiantes internacionales que se relacionan con lo que hasta ahora están leyendo, entenderán la emoción y el pálpito que uno siente al cruzar el puente en el Mississippi, y darse cuenta de que tras un verano entero sin estar presente, volverán a su segundo hogar, donde otro año lleno de aventuras les espera. Ahí es cuando se indaga, y se empieza a preguntar uno, “¿Cómo se sentirán aquellos compañeros nuestros de High School, que por su comodidad y miedo, nunca quisieron explorar el medio oeste de los Estados Unidos?”

Una cultura distinta te obliga a crecer. Te obliga a ver las cosas desde otro punto de vista, y conocer personas con personalidades únicas, solo por la forma como fueron criadas y el entorno en el que crecieron. Y sí, como todo en la vida, hay gente que impone resistencia, y decide tempranamente irse de Dubuque. Por eso, este artículo va dedicado a aquellos que persistieron, y tras tres o cuatro años, se ven recompensados con una sonrisa al graduarse. Dubuque por siempre será un sueño que solo algunos tuvimos la dicha de gozar. 

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